Sres., el tiempo pasa y, aunque semejante afirmación no merezca precisamente el mérito de un descubrimiento, no siempre sabemos reconocer las señales que va dejando a su paso. Estamos demasiado acostumbrados a medirlo por años, cumpleaños y calendarios, cuando acaso sus pruebas más ciertas se encuentren en asuntos bastante más modestos. Una canción que ya no escuchamos como antes, una calle que recordábamos más grande, una costumbre abandonada sin ceremonia alguna o una emoción que un día fue capaz de gobernarnos durante semanas y que ahora apenas consigue alterar el curso de una tarde. El tiempo tiene esas maneras discretas de hacerse notar y quizá por eso uno tarda tanto en descubrirlas. En mi caso, una de ellas ha sido el fútbol.
Probablemente hasta los diecisiete años aquella pasión, siempre razonable y sin alcanzar nunca los territorios algo peligrosos del fanatismo, conoció su mejor época. De niño podía sufrir sinceramente un partido de la selección peruana o de algún club nacional en un torneo internacional. Y digo sufrir sin exageración, porque el partido comenzaba para mí mucho antes de que el árbitro hiciera sonar el silbato. Desde que conocía la fecha lo esperaba con ansias, hacía mis cálculos, imaginaba resultados y llegaba al día señalado con esa impaciencia que solo puede concederse a las cosas que verdaderamente nos importan. Durante el juego, cada ataque contrario me parecía la antesala inevitable de una desgracia y el corazón se aceleraba hasta que la pelota salía, el arquero la detenía o algún defensor conseguía alejarla. Si llegaba un gol nuestro, en cambio, venía aquel alivio extraordinario que por unos instantes parecía poner todas las cosas en su sitio. Y mire el lector que los resultados no eran precisamente generosos con nosotros. Una victoria podía alegrarme durante varios días, pero la derrota tenía una memoria bastante más larga y era capaz de acompañarme una semana, a veces más, como si en aquel resultado se hubiese perdido algo que verdaderamente me pertenecía. No sabría explicar por qué las derrotas se quedaban conmigo mucho más tiempo que las victorias; acaso desde niño iba aprendiendo, sin saberlo, esa vieja desproporción humana por la cual necesitamos muchas alegrías para olvidar una pena y, en cambio, basta una pena para estropearnos varias alegrías. Con todo, allí estaba yo para el siguiente partido, esperando otra vez y creyendo otra vez.
Hace poco escuché una comparación que me hizo recordar aquellos años. Decían que para disfrutar verdaderamente de una película uno debe consentir durante un par de horas cierto engaño. Sabemos que cuanto ocurre frente a nuestros ojos es una ficción, que aquel hombre no ha muerto y que aquella mujer no ha perdido realmente a su hijo, pero aceptamos olvidarlo porque de otro modo ninguna película podría conmovernos. Con el fútbol, sostenían, sucede algo semejante. Uno acepta que aquellos hombres lo representan, que su victoria es también la nuestra y que algo de nosotros ha sido derrotado cuando pierden. No se apresure el lector a encontrar aquí una censura, porque yo acepté gustosamente aquel pacto durante muchos años. Cuando jugaba Perú, jugábamos «nosotros»; cuando algún club peruano vencía fuera del país, de alguna manera había vencido también el Perú; y cuando perdíamos, porque entonces también perdíamos todos, cargábamos durante varios días con una derrota en la que, bien pensado, ninguno de nosotros había tocado siquiera la pelota.
Después llegó la universidad y con ella los libros, las obligaciones y esa multitud de asuntos que van entrando en la vida sin pedir permiso y terminan desplazando a otros que creíamos instalados para siempre. No sabría decir cuándo ocurrió exactamente. Estas cosas rara vez tienen fecha. Lo cierto es que aquella espera fue desapareciendo. Antes podía saber con varios días de anticipación a qué hora jugaría Perú y llegaba al encuentro después de haberlo pensado durante toda la semana; hoy dejo sencillamente que el partido llegue y no sería extraño que alguien tuviera que avisarme esa misma tarde que la selección juega por la noche. Puedo verlo, puedo entusiasmarme y naturalmente prefiero que gane, pero algo de aquella antigua solemnidad se ha perdido. Lo verdaderamente curioso es que el fútbol sigue siendo esencialmente el mismo. La pelota conserva su forma, los arcos continúan en su sitio y noventa minutos siguen durando noventa minutos. Quien cambió, evidentemente, fui yo.
Tal vez la realidad tuvo alguna responsabilidad en ello. Con los años comencé a mirar el espectáculo desde cierta distancia y advertí algo bastante elemental. El futbolista, gane o pierda su equipo, seguirá cobrando por su trabajo; si gana recibirá acaso premios, bonos, mejores contratos y todas las recompensas que legítimamente pueda proporcionarle su profesión. Nosotros, en cambio, después de la victoria o de la derrota regresaremos a casa con los mismos problemas con los que salimos y probablemente con algunos soles menos en el bolsillo. No me vengan ahora con que todo entretenimiento supone gastar tiempo y dinero sin esperar una utilidad a cambio, porque es cierto. El asunto era otro. Comenzó a resultarme difícil entregar una parte importante de mi felicidad o de mi tristeza a la suerte deportiva de personas que no sabían que yo existía.
A ello se añadió una incomodidad que también fue creciendo. Uno conoce personas que salen de casa antes de amanecer, trabajan diez o doce horas y aun así hacen cuentas para llegar a fin de mes; luego abre cualquier periódico y encuentra que algún futbolista compró una colección de relojes Rolex, automóviles o cualquier otro lujo cuyo precio resulta difícil siquiera imaginar para la mayoría. Y antes de que alguien pretenda encontrar aquí una condena a la riqueza, debo decir que no la hay. Si un hombre puede obtener legítimamente semejantes ingresos gracias a su profesión, nada tengo que reprocharle. Pero una cosa es reconocer su derecho a ganarlos y otra muy distinta sentir que sus derrotas son también las mías. Quizá fue esa diferencia, pequeña al principio y después cada vez más evidente, la que terminó por romper aquel antiguo pacto de representación.
Con todo, tampoco quisiera que estas líneas parezcan la confesión de un antiguo creyente empeñado ahora en destruir su vieja religión. Podría ir mañana mismo a un estadio para ver jugar al Perú, aunque detrás de esa camiseta se encuentre, jurídicamente hablando —perdóneme el lector esta inevitable deformación profesional—, una asociación privada sin fines de lucro llamada Federación Deportiva Nacional Peruana de Fútbol. Tomémoslo por el lado amable. A veces el alma necesita también una distracción y pocas experiencias se parecen a entrar en un estadio lleno, escuchar a miles de personas cantar al mismo tiempo, discutir una falta con un desconocido y terminar abrazándolo minutos después porque la pelota entró. Iría por eso, por el estadio, por el ruido, por la compañía y por cuanto pueda ocurrir durante aquella tarde. Naturalmente quisiera que Perú ganase. Pero si pierde, volveré a casa, cenaré y al día siguiente continuaré con mi vida.
Y acaso allí se encuentre, Sres., la razón por la que pienso que el fútbol puede servir también para medir el tiempo. Hubo años en que un partido comenzaba varios días antes de jugarse y podía terminar una semana después; ahora llega, ocurre y se marcha. No sé si esto significa que uno aprende con los años a conceder a cada cosa su verdadero peso o si, por el contrario, esa sensatez que tanto celebramos consiste también en ir perdiendo ciertas formas inocentes de la alegría. Quizá ambas cosas sean ciertas. Porque sería fácil felicitarse por haber aprendido que ninguna derrota deportiva merece una semana de tristeza, pero también sería injusto mirar con superioridad a aquel niño que podía ser feliz durante varios días porque once hombres, a quienes jamás conocería, habían conseguido meter una pelota en un arco. Él entendía menos cosas, sin duda, pero algunas las sentía mucho más. En fin, el tiempo pasa, y no siempre necesita del calendario para demostrárnoslo. A veces le basta mostrarnos aquello que permanece exactamente donde estaba y hacernos comprender que somos nosotros quienes ya no estamos en el mismo lugar.
Comentarios
Coincido con el sentimiento
Dejar un Comentario